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miércoles, 29 de julio de 2015

La Rosa de los Vientos (Capítulo 5)

5. Pólvora y ceniza
Vagabundeé por los laberintos fúnebres y callejeros de una inhóspita ciudad. Las continuas oleadas de frío polar se complacían al constituir la hermosa capucha de una gélida muerte. El silencio y la nada habían sumergido a la ciudad en una tensísima situación de zozobra y terror. Mucho terror. Tal era la bestialidad de los acontecimientos que tenían lugar bajo el llanto de la pálida luna que incluso los ciegos murciélagos escogían la sombra y no la luz, para pasearse por las calles sepultadas de una hastiada ciudad.

Las oscuras calles quedaban a merced de las farolas, sólidas guardianes de un recinto abandonado. Inspectores de la oscuridad, testigos del miedo. Las luces de las casas de un vecindario lleno de vida se apagaban como velas ante el soplido de un vendaval enfurecido. Un vendaval con traje y tricornio. Un vendaval con una bandera tatuada en el pecho, con la gran insignia de una patria cobijada en el corazón.

Recuerdo la lluvia deslizándose por mi húmedo y sucio cabello. Mis manos congeladas por el frío y unos rebeldes pies desobedientes con su señor.  También recuerdo como el ritmo de un corazón resfriado se acentuó con la enorme velocidad que un chaval de diez inviernos conseguía alcanzar. Corría más veloz que mis pensamientos, inmóviles por la confusión. Mientras tanto, una imagen rondaba  mi mente y rotaba en lo más profundo de mí ser: Rosalinda.

La casa de Rosalinda estaba a solo dos manzanas de aquí. Era consciente de la decisión que acababa de tomar, pues había abandonado el hogar de la vida y, al abrir la puerta, me había aventurado en la morada de la muerte. El sigilo y la discreción debían  de a ser, por ahora, mi verdadera tripulación. Al menos hasta que se produjese el reencuentro con mis compañeros que me esperaban en la avenida oriental de la ciudad.

Toda la tripulación había despertado un cierto interés por explorar la casa de aquel  completo lunático. Un sótano misterioso, las miles de víctimas que, seguramente, conservaba en su casa y el rescate de una doncella. ¿Qué más se puede pedir?

No obstante, ignorábamos el peligro que corríamos. El toque de queda se había establecido pero creo que comienzo a ser mayorcito para que me digan a qué hora tengo que acostarme. Excepto, si esos guardias civiles, en lugar de portar porras, llevasen consigo zapatillas de andar por casa. Si fuese así me comería hasta las asquerosas y malolientes legumbres.

Justo cuando iba a reunirme en el punto de encuentro con mis compañeros, dos guardias civiles aparecieron. Así que decidí refugiarme detrás de unos setos que había visto, desde lejos. Recuerdo que dichos guardias mantuvieron una conversación un tanto extraña semejante a un tira y afloja.

-Félix, ¿crees que, realmente, estamos haciendo lo que debemos? Quiero decir que… Yo no me alisté para esto-dijo el lánguido y pusilánime oficial-.

-¿Pero de qué cojones me estás hablando? Claro que estamos haciendo lo correcto. Esos desalmados y herejes piojosos pretendían despojarnos de nuestro hogar, de nuestra vestimenta y de nuestro dinero. Son unos ladrones y deben pagar por ello-respondió el otro oficial quien portaba un bocadillo de jamón ibérico-.

-En realidad, creo que el comunismo no hace referencia a eso. Es un sistema ético y moral que solo busca enriquecer la espiritualidad del ser humano a la vez que pretende dar cobijo y víveres a los que lo necesitan-añadió el exhausto oficial-.

- Bobadas, bobadas. No me toques los cojones, Ramírez. No me toques los cojones. El comunismo es una secta antirreligiosa que pretende que vivamos como perros tirados por las calles. Este es mi país, esta es mi patria y jamás permitiré que unos cantamañanas se hagan con el poder-contestó el hambriento oficial Félix-.

-Pero… es que yo nunca he matado a nadie. No quiero quitar la vida a nadie. Eso es un privilegio que sólo nuestro señor puede decidir. Imagínate que, un día, se presenta en tu casa un par de lascivos soldados. De repente, se llevan a tu mujer y a tu hija. ¿Cómo te sentirías? –preguntó el acongojado Ramírez-.
-¡Qué inocente es usted Ramírez! Por eso hago esto. Esos mentirosos truhanes han intentado quitarles la vivienda a mi familia y yo, como perro guardián que soy, debo impedirlo. Los voy a matar a todo. Uno por uno. Ya lo decía “Ops”: El hombre es un lobo-citó el inteligentísimo soldado-.

-Disculpe, mi capitán. Pero se pronuncia Hobbes y, en realidad, decía que el hombre es un lobo para el hombre. No obstante, tengo que decirle que otro grandísimo intelectual francés, Rousseau defendió una tesis en la que establecía que el hombre es bueno por naturaleza- comentó el respetuoso soldado-.

-“¿Ruzó?” ¿Ese comunista cabrón que fomentó la revolución belga?-interrogó el confuso capitán quien parecía inundado por una nube de migas de pan- No me haga usted reír. La militancia en el ejército debería haberle abierto las persianas de esos ojos débiles y desorientados.

-Mi capitán, fue la revolución francesa…-incluyó el aterrorizado soldado-.

- ¡Y qué más da! ¡Franchutes todos, hijos de la gran puta! Menos mal que el misericordioso Francisco Franco es tan humilde y tan bueno que ha decidido darles una muerte precoz porque si dependiese de mí tendríamos leña para dar y regalar-concluyó el sediento capitán quien buscaba alguna fuente para desprenderse de esa sólida sequedad  que había invadido su boca- Ande, cállese ya. Vamos a la casa esa que nos han destinado y solucionamos esto de una maldita vez.

- A la orden señor-dijo un atormentado soldado cuyo rostro reflejaba una actitud un tanto pusilánime.

Cuando aquellos malditos bastardos dejaron el camino libre y despejado, me dispuse a ir y a proseguir mi búsqueda de la compañía. Sin embargo, las corrientes de mi pensamiento no podían evitar desembocar en aquel extraño diálogo de los guardias civiles. Ese tal Ramírez actuaba de una forma algo reservada. Miles de remordimientos adornados con plumas negras rondaban y merodeaban en círculos la inocente e ilustre conciencia de su corazón humano.

Al final resulta que la niebla no solo se apodera del día, también de las almas de la gente. Como si se tratase de una especie de vaso de agua frío vertido en el caluroso y amable río de la comprensión y la solidaridad. Mientras toda clase de reflexiones dirimían en mi mente, no me daba cuenta de que mis compañeros estaban haciéndome señales con una linterna. Las linternas son peligrosas pues constituyen un arma de doble filo. Portar una durante el toque de queda era equiparable a jugar una partida a la ruleta rusa.

Finalmente nos reunimos todos los rufianes. El capitán Robert, “El Remolacho”, Ibáñez,  y, en especial, Migue. Migue era la persona que mayor interés había mostrado por rescatar a la desprotegida Rosalinda. Fue el primero en demostrar su valeroso e incansable ímpetu. Y es que aquel joven rubio de la estrecha coletilla conocía el auténtico sentido de la palabra humanidad.

Todo estaba listo para emprender o partir hacia la gran misión. El plan consistiría en asaltar la casa de Rosalinda por el patio de atrás y así lo hicimos. Como si fuese una especie de pirámide humana los unos le ponían las manos a los otros para que escalasen y trepasen por aquel fresquito y considerable muro. Sin embargo, no todos podríamos entrar en la casa pues el último de nosotros no podía contar con las manos de nadie, por lo que debía esperar fuera. Tras echarlo un par de veces a suertes, Migue sería el peón sacrificado.

Una vez dentro de aquel pedregoso atrio, Ibáñez comenzó a hacer de las suyas.

-¡Hey, remolacho… remolacho! -apelaba el fanfarrón de turno con un tono suave y silencioso-.

-¿Qué quieres ahora?- preguntó el asustado petirrojo-.

- ¿Has visto esa maceta?-respondió con una pregunta Ibáñez.

-Sí, ¿y qué pasa?-contestó casi carraspeando el joven Dionisio.

- ¿Tu cama debe ser algo parecido a esta no, remolacha?-añadió el chistoso Ibáñez quien comenzó a esbozar una gran sonrisa.

Lo cierto es que ese chiste liberó toda la tensión contenida por los miembros de la tripulación en aquel siniestro patio en forma de una escandalosa carcajada. Incluso se escuchaba al bueno de Migue riéndose detrás del muro.

Dionisio completamente enfurecido sacó su poderoso y potente tirachinas y le asestó un chinazo en la frente que impactaría certeramente. Todo esto desembocó en un poderosa reyerta que finalizaría con la ruptura de la dichosa maceta y, por tanto, con un estruendoso ruido. Posteriormente, dentro de la casa se iluminó una obsoleta lámpara y una sombría silueta se dirigió al exterior del patio. Era Rosa.

Cuando reconocimos su coqueto y gracioso cuerpo pudimos recuperar el aliento que se había refugiado en la parte más recóndita de nuestro ser. Le contamos que la policía se dirigía hacia su casa en busca de su padre y que debía acompañarnos lo antes posible. Su rostro había cultivado paulatinamente una palidez extrema que se iría cosechando a medida que le contaba las intenciones de apresar al padre por parte de la policía. Obviamente se negó a acompañarnos. Se dirigió hacia dentro rápida y veloz seguida por nosotros. El capitán Robert advirtió a Migue y le dijo que el punto de encuentro sería los barrancos de lodo, pues toda las noches se escuchaba el estallido de numerosos petardos y, por tanto, eso significaba que habría gente allí que nos podría proteger.

Sin embargo, cuando entramos en aquella preciosa casa ya era demasiado tarde. Un preciso y certero sonido se disparó, no contra nuestros tímpanos, sino contra nuestro corazón. Un mortífero “din don”. El padre, quien ya se había despertado anteriormente al notar que, extrañamente, la luz del comedor estaba encendida, bajó las escaleras y se dirigió a abrir la puerta. Ante ese siniestro sonido nosotros le sugerimos a Rosa que nos escondiéramos ya que si, los guardas, llegaban a apreciar que unos traviesos niños estaban fuera de su casa una vez pronunciado el toque de queda, algo  muy malo pasaría. Sus palabras fueron como un soplo de aire frío hacia nuestros oídos: “Rápido al sótano”.

No éramos capaces de escuchar nada de lo que sucedía arriba. Las luces del sótano estaban apagadas por lo que navegábamos a ciegas por un mar apestado de fantasmagóricos tiburones. Al parecer, Rosalinda sabía a la perfección, palmo a palmo, como llegar a su escondrijo. Permanecimos allí unos pocos minutos que me parecieron toda una eternidad. Finalmente, se escuchó un ruido. La puerta del sótano estaba abierta.

Los focos se encendieron y el espectáculo comenzó. Aquello no era una pestilente cloaca en la que el misterioso Fran arrojaba o almacenaba todos y cada uno de los cadáveres que asesinaba. Aquello no era un almacén de drogas en el que se dedicaba a crearlas y a asignarles una especie de bolsa de plástico para distribuirlas. Aquello no era un despacho propio de un detective privado en el que recibía citas y aceptaba trabajos para investigar, secretamente, el turbio pasado de las personas. Aquél esplendoroso sótano no era nada de eso. Los estúpidos rumores se disolvieron como la pólvora, como la ceniza. Aquel lugar, más bien, era… era… era una biblioteca.

Las estanterías estaban repletas de libros y libros y más libros conservados a la perfección. Me llamó curiosamente la atención aquella bandera tricolor situada en lo alto del escritorio en cuyo bordado se podía leer: “La república es el feto que se desarrolla en el vientre de la madre literatura”.

En los cajones medio abiertos sobresalían lo que parecían ser pañuelos de seda, pero en su interior no era seda lo que había sino más banderas tricolor. ¿Qué demonios simbolizaba esa bandera y por qué las distribuía de una forma tan discreta?

Cuando los guardias presenciaron aquel magnífico espectáculo, la única expresión que pudieron pronunciar sin balbucear fue: “Demos un paseo”. Después de escuchar aquella misteriosa oración, nos costó horrores silenciar el tremendo chillido que Rosalinda iba a realizar.
-Solo van a dar un paseo, tranquilízate- dije -.

-Será mejor que vayamos a los barrancos de lodo, recojamos a Migue y tracemos un plan- añadió el sabio y astuto capitán-.

Desconozco los motivos, pero creo que, al igual que un pájaro enmudece cuando presiente la presencia de su cazador, Robert estaba más callado de lo habitual. Parecía interiorizar un dolor tan grande que su voz se resquebrajó.

Salimos escopeteados en busca de Migue y sin pronunciar ni una sola palabra. Supongo que cada uno de nosotros intentaba resolver el enigma de aquella bandera por su cuenta y el por qué constituía un delito castigado por la ley. Nuestra llegada a los barrancos de lodo se produjo antes de lo esperado. La luz desplegada por la linterna sería la clave para encontrar a nuestro camarada, pero nosotros no estábamos solos en aquella escarpada montaña. La silueta de cuatro hombres apareció  reflejada en el horizonte. Eran  dos guardias civiles pero… ¿quiénes eran los otros dos? No tardaríamos demasiado tiempo en descubrirlo.

Teníamos que encontrar a Migue antes de que lo hicieran aquellos sospechosos guardias así que decidimos seguirles. Tras unos cuantos minutos de secreto espionaje, en torno a una hoguera, pudimos distinguir a todos y cada uno de los allí presentes. En primer lugar, los dos policías poseían un rostro que me resultaba algo similar. Eran los dos misteriosos y desastrosos guardias que habían estado dialogando anteriormente frente a los setos. También estaba, Fran, el padre de Rosalinda y, por último, alguien que vestía un lozano traje. Alguien cuya tirita en la cabeza me era similar, alguien con una cruz en el cuello, el padre Camilo José.

Se me pasaban tantas cosas por la cabeza que no sabía cómo reaccionar. Solo un eco sonaba recurrentemente en mi ya enajenada cabeza, ¿qué diablos habíamos hecho?






sábado, 18 de julio de 2015

La Rosa de los Vientos(capítulo 2)

“El murmullo de un corazón helado”
La alegría es para aquel cuyos brazos fuertes todavía lo sostienen cuando el barco de este mundo vil y traicionero se ha hundido bajo sus pies. Sin embargo, la tristeza es esa lacra que poco a poco engulle y deteriora cada uno de los pilares esenciales que sustentan el barco de nuestra Infancia. Es decir, la melancolía es el virus que se expande a una velocidad atroz por todo nuestro navío favoreciendo la llegada de su hundimiento. Un hundimiento que nunca debería producirse, ni siquiera después de nuestra cita con la muerte. Pues bien, mi barco se acababa de hundir por la inesperada aparición de un  glaciar con pañales.
Durante la lujosa travesía de mi niñez, todas y cada una de mis ilusiones y esperanzas se reunían en la brillante taberna de mi corazón, donde festejaban hasta altas horas de la noche y brindaban por esa distraída felicidad que divagaba por todo mi cuerpo debido a los resplandecientes sueños que me situaban en la cima más alta de un trono llamado “Mar”.
 Al principio era incapaz de averiguar y descifrar el dichoso  motivo por el que el agua era capaz de embrujarme. Un poderoso e indestructible hechizo era el culpable de mis incontables visitas al río o al lago. Incluso cuando las nubes decidían regar los verdes campos de olivos y almendros que formaban el mágico manto de mi amada Sevilla, no podía evitar mantener una férrea mirada a su rápida y fantasmagórica caída. La lluvia es una de las experiencias más complacedoras, gratuitas y libres que en la vida se puede tener. El ser humano ha intentado imitarlas pero jamás se ha apoderado del gozoso libertinaje que posee el todo poderoso tiempo.
En definitiva, el mar es la libertad que no solo nos permite escapar del severo yugo de una sociedad inmunda y putrefacta  basada en las imposiciones y   en la obediencia ciega de una dictadura  sino que, también, simboliza el pasaporte para huir del mandato a la que cualquier deidad nos expone.
Todos estos eran los sueños de un alma en pena que ahora camina en este desagüe de aguas estancadas y malolientes compuestas por la monotonía, la mediocridad y la desigualdad. Ese insoportable hedor es el reflejo de una raza hambrienta que, aunque se vista de patriota, continúa sin llevarse ni un bocado a la boca.
La llegada de una nueva vida me iba impedir surcar los mares  y desmelenarme al viento con esa suave  brisa marina  cuyo oxígeno es capaz de purificar al más recóndito veneno oculto dentro de mis pulmones. Se acabaron las misiones de camaradería, se acabaron los enormes festines presidenciales que nos permitían recaudar los víveres necesarios para nuestras largas travesías.
Las cataratas salinas que caían muy lentamente por los bordes de mis mejillas y culminaban en la enorme laguna que poco a  poco se iba gestando entre mis labios  no contenían en su totalidad la  esencia de  una tragedia o melancolía sino que el miedo se había apoderado de ellas. De los ojos se vertía temor, no tristeza. Cada gota que se deslizaba por todo mi rostro esbozaba a su vez otro espejismo  en mi mente: Rosalinda.
No podía dejar de pensar en su reconfortante y refrescante perfume a rosas que embriagaban lo más profundo de mi ser. La leña que prendía la  verdadera llama de mi corazón, de mi coraje, de mi amor. Su sonrisa mostraba la claridad de un alma pura e inmortal. Estaba convencido de que con sus desternillantes dientes el naufragio de un barco volcado por la lacra de la tristeza volvería a flote. Si tuviera que vender mi alma al diablo para ver  tan solo una vez más su mirada, probablemente, ya lo habría hecho.
Busqué en el diccionario las palabras adecuadas con las que confesar al amor de mi vida que nuestras reuniones campestres se tenían que acabar pero no las encontré. Ni siquiera supe adivinar  las letras por las que empezaban. El tiempo que rescataba para conversar y observar su cálido rostro había desaparecido. La llegada de una nueva vida me iba a suponer la pérdida de otra.
Aquella noche la cena no fue lo único que se enfrió. Recuerdo que durante mis entrecortados llantos, tanto mi hermano Juanfran como mi hermano Tomás murmuraban a escondidas en nuestra habitación pues el sueño no tenía más dormitorios que visitar.
-Tomás… Algo no me termina de cuadrar- murmuró Juanfran, el mayor de todos los hermanos-. Si no recuerdo mal papá lleva un año y medio sin venir por aquí.
-Exacto, la vendimia este año ha sido muy dura. ¿Recuerdas la carta que nos envió diciendo que su llegada se retrasaría unos cuantos meses pero que no nos preocupásemos porque terminaría por producirse?-preguntó el inocente y torpe Tomás-.
Bien es cierto que a pesar de sus grandes dotes de escalador y de explorador, Tomás, era un tanto corto a la hora de adivinar o intentar develar algún misterio. Lo cierto es que estaba como una cabra, y vestía como tal a pesar de sus trece añazos. Por desgracia, mi hermano era conocido en el pueblo como “El Castrojo” pero como no sabía cuál era el auténtico y preciso significado de esa palabra decidí bautizarlo  personalmente bajo el nombre de “El Campestre”. Lo peor de sus harapientas vestimentas era que el siguiente en la línea sucesoria era yo, por lo que podía garantizar que esos ropajes de cabra iban a acabar decorando tanto mi torso como mis pantorrillas.
La extraña conversación fraternal empezó a sonar un tanto misteriosa pero como no estaba de humor para acertijos y adivinanzas dejé de prestarle atención. Aunque antes de irme pude escuchar un pelín más de ese desastroso y confuso diálogo.
-¡Ay, Dios mío! Dame paciencia porque como me des fuerza…-exclamó exhaustivamente mi hermano Juanfran- ¡Pues claro que me acuerdo melón! ¡Si fui yo quién le leí la carta a mamá!
-Esto…Yo no lo recuerdo así… ¿Por qué no la leyó directamente la mamá? – interrogó Tomás con una expresión un tanto desorientada- . Siempre que el intelectual de mi hermanito se proponía o se planteaba elaborar cualquier pregunta repetía una y otra vez el mismo gesto (colocaba su dedo índice en una posición vertical que culminaba en el labio inferior de su boca).
-¡Serás castrojo! ¿Tú no has cenado hoy, no?- le respondió Juanfran quien había empezado a perder la poca paciencia que le caracterizaba- Mamá no sabe leer ni tampoco sabe escribir. ¡Si apenas sabe firmar!
-Pues no estoy de acuerdo, listillo. ¿Acaso no recuerdas cómo se conocieron papá y mamá?- le recriminó con una solemne tonalidad de rebeldía- Se empezaron a intercambiar cartas en las que se propugnaban el amor que se tenían. No olvides que nos lo contaron a mí y a ti.
-¡Idiota, el burro se pone el último! Se dice a ti y a mí. Claro que lo recuerdo pero ellos no eran los que se escribían las cartas. Sus respectivos hermanos se las leían y se las redactaban – pronunció Juanfran-. Si existiera una balsa de la ignorancia y la insensatez me temo que Tomás sería el capitán.
- ¿Y quién se las leía a sus hermanos? – preguntó el despistado Tomás-.
- Desde luego… ¡Jamás entenderé como consigues recolectar tantas setas! Anda vámonos que la cena se nos enfría- solventó Juanfran-.
- Vale. Oye, ¿y por qué tienes el ojo morado?- volvió a preguntar el incansable Tomás-.
-¡Cállate, imbécil!- dijo Juanfran tras abrir la puerta- Indagaré yo sólo.
La suerte se había posicionado esta vez de mi parte pues, previamente, pude escuchar cómo se acercaban a la puerta desde la que los estaba espiando y así ocultarme tras la escalera.
Cuando bajé al comedor para intentar hincar el diente a la sopa que, recientemente, mi hermana Araceli había cocinado, me percaté de que sostenía un libro entre sus suaves manos. La curiosidad me obligó a preguntarme qué tipo de escrito era aquel libro (fantasía, cuento, etc.). Lancé un par de discretas miradas para intentar leer el título pero las manos de mi hermana suponían un dificultoso impedimento. Finalmente me cansé, no tenía más ganas que las de dormir para regresar a mi eterno navío de los sueños. No obstante, mi madre llegó a la habitación y preguntó directamente a mi hermana por qué motivo no hacía los deberes en lugar de ojear ese libro.
-Pero mamá... Me lo han mandado en el colegio- excusó mi querida y cariñosa hermana con esa voz tan dulce como la miel.
- ¿Un libro recomendado en el colegio? Ya me imagino de lo que puede hablar…-murmuró mi mareada madre. ¿Cómo diablos se llama? ¿De qué trata el libro?
- Bueno, un libro lo que se dice un libro no es. Se trata, más bien, de un manual. Según nuestro profesor, instruye a la mujer en su desarrollo psicológico, social y funcional para proporcionar una mayor comodidad y productividad a este nuestro país – manifestó la inocencia vestida de niña con sus larga cabellera rubia- Y se titula “Cómo ser una buena esposa”.
El cansancio me impedía continuar y seguir aquella sofisticada conversación, por lo que me subí a mi cuarto, me tiré a la cama y cerré los ojos en busca de un nuevo puerto donde mi barco pudiera desembarcar.
Iba a ser mi última semana en aquella insólita escuela. Solo deseaba volver a contemplar los cristalinos ojos de Rosalinda, esa niña  tan hermosa como un atardecer. Sin embargo, una  gran preocupación se había cobijado  en  lo más profundo de mi corazón como una especie de hielo capaz de solidificar al alma más caliente. Mi ausencia sería mucho peor para ella que para mí. No es que la semilla del amor estuviera más desarrollada en Rosalinda sino que, desde su llegada al pueblo, habían intentado fumigar cualquier rastro de afecto o cariño hacia su persona.
Nunca en toda mi vida he conocido a nadie como ella. Desde su llegada al vecindario, me sorprendía continuamente por su alegría, su ilusión y sus ganas de comerse el mundo. A menudo, solía observarla desde la ventana de mi habitación, donde era capaz de apreciar su dulce y sosegada voz, aunque a su vez, Rosa mostraba una cierta incapacidad para pronunciar en su totalidad las palabras que pretendía emplear para comunicarse con los demás.
La dureza y el maltrato constituían la cubierta de su barco. Al parecer, la vida de Rosalinda nunca había sido fácil. Durante el embarazo de su madre, muchas personas cercanas intentaron convencerles para que abortase. Sus abuelos, tanto por parte de padre como por parte de madre, renegaron de ella porque la relación marital entre sus padres se había producido en concubinato concupiscente. Es decir, la propensión natural de los seres humanos a obrar el mal, como consecuencia del pecado original (según la teología cristiana).
Desde pequeñita, le diagnosticaron una curiosa enfermedad que, con toda posibilidad, iba a acabar con su vida antes de alcanzar los diez años. Pero al igual que un barco a la deriva desafía a un hambriento y enfurecido mar, Rosa desafió a la muerte y, ya, había conseguido cumplir la docena de edad. Era un milagro que siguiese viva pues más de un conocido les recomendó a los padres, en más de una ocasión, abandonarla.
La madre era consciente de las reducidas y mínimas posibilidades de supervivencia de las que podía disfrutar su hija. Era conocedora de la breve travesía que su hija viviría. Sabía perfectamente que recibiría una continua lluvia de tempestades e insultos que le amargarían la existencia. Pero, aun así, lo hizo. La madre falleció al dar a luz a su hija. Una vida por otra. Un ojo por ojo. Un diente por diente. Pues Rosalinda, padecía la curiosa enfermedad del síndrome de Down.
El pobre padre, tras la muerte de su mujer, decidió cobijarse en la bebida. El gran sustituto del amor y la compañía es, por defecto, el cenicero y la botella. Un padre viudo. Un padre desolado por la pérdida de su media naranja. Un padre desconsolado por los murmullos de una cama vacía, fría y sola. Y es que no solo había perdido a lo más importante de su vida sino que, él mismo, había perdido parte de su alma.

Todas las mañanas, desde primera hora, el padre descendía a las profundidades lúgubres del sótano. Se encerraba y no volvía a salir hasta la noche. Sin embargo, en esta ocasión, no era la bebida la incógnita del misterio sino algo más profundo, más complicado, más peligroso.